ROQUE Y LA CIUDAD

Andrés Barba

Andrés Barba

Andrés Barba (Madrid, 1975) werd bekend in 2001 toen zijn roman La hermana de Katia, op de shortlist van de Herralde-prijs, lovende kritieken ontving en werd verfilmd. Daarna volgden nog vele romans en onderscheidingen. Zijn boeken zijn in twintig talen vertaald. Granta Magazine benoemde hem een van de meest invloedrijke nieuwe schrijvers in het Spaans.

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ROQUE Y LA CIUDAD

No recuerdo la primera vez que mi madre diseccionó una flor delante de mí. O más bien: los recuerdos son múltiples y están superpuestos, pertenecen a esa categoría en que la infancia mezcla las experiencias, unificándolas y diluyéndolas en una especie de magma onírico. Pero, aunque la flor de mi recuerdo sea distinta, mi memoria guarda con precisión los movimientos de la mano de mi madre –bióloga de profesión-, el gesto con que nos reunió a mis hermanos y a mí y, sin arrancar la planta, nos dijo que nos acercáramos. Recuerdo la sorpresa de que la flor fuera un órgano. Sosteniéndola por el tallo, introdujo la punta del pulgar y el índice y a continuación los abrió. Allí apareció ese universo delicado y genital. Muchos años antes de que lo genital supusiera un misterio para mí, la sensación carnal se hizo presente. Y como no se puede evitar que los gestos de la infancia se adhieran a nosotros, hace solo una semana, al llegar al apartamento que nos ofreció la organización de citybooks en la ciudad de Haarlem, no se me ocurrió otra cosa que acercarme al jarrón con tulipanes que nos habían dejado nuestras anfitrionas Els y Anneke y abrir delante de mi hijo de once meses los pétalos de uno de ellos. Tras la carne sedosa, apareció de nuevo ese reino que ni siquiera habría podido desear para sí “Salomón en toda su gloria” (como se decía pomposamente en la Biblia). Rodeado de una corte de filamentos negros, el trono amarillo del estigma parecía vacío, como si una reina diminuta acabara de ausentarse, pero aún permaneciera su aura. Era la primera vez que mi hijo veía el interior de una flor y la sorpresa le hizo reír de pronto.

No contaba con llegar a Holanda en plena floración del tulipán. Las dos o tres ocasiones previas habían coincidido con momentos anteriores o posteriores. Una de aquellas veces, hace años, me llevé unos bulbos a Madrid que luego vi crecer en la terraza de mi casa como pequeños soldados expatriados. Los tulipanes no tardaron ni dos días en morir a causa del sol castellano –o tal vez de soledad y desconcierto, como suelen morir los expatriados- pero yo no era padre entonces, como sí soy ahora. Y aunque parezca ridículo pensar que eso supone una diferencia, en el mundo en suspenso de los símbolos que es, en última instancia, el mundo de la literatura y de todas nuestras construcciones culturales, sí lo supone. Y me explico: llegar con mi hijo a este viaje compartido (nuestro primer viaje juntos) y encontrar flores en la casa que nos iba a acoger, me pareció, más que un detalle, un signo premonitorio, casi una prueba fehaciente de la alegría. Los sacerdotes romanos cazaban aves antes de la batalla y abrían sus entrañas para saber si los hados iban a serles propicios. Los intestinos de las aves, hasta entonces órganos vivos y cerrados con una función metabólica, se abrían rosados, a la luz del día, con una función profética. Mi hijo y yo, al llegar a la ciudad de Haarlem, abrimos las entrañas de un tulipán con ese mismo espíritu.

Roque está empezando a caminar. A los once meses los movimientos de un bebé sufren extrañas y bruscas transiciones entre gestos de una gran torpeza y otros de una delicadeza extrema. Sus pasos son atolondrados, pero si algo le fascina, lo analiza minuciosamente, con la morosidad del enamoramiento. Roque tiene la dispersión propia de los bebés extrovertidos: es más sensible a las personas que a los objetos, incluso a los que le gustan. Si alguien aparece en su campo visual trata de hacer contacto con él, pero a veces, cuando lo consigue, le sobrecoge la intensidad y se retrae. En cuanto a sus habilidades es necesario reconocer que se cae con frecuencia, pero eso no impide que se ponga en pie una y otra vez. Si se cansa demasiado, desiste como desisten las flores: apagándose. La transición del esplendor de un bebé a su enfurruñamiento total se parece a la forma en que la belleza de los tulipanes pasa del cénit al ocaso: en una centésima de segundo. Clarice Lispector dijo en cierta ocasión que un bebé es “una criatura que vive bajo el agua sobre la tierra”. Una frase que nunca había tenido mucho sentido para mí hasta que vi a Roque en el suelo del Museo Teyler´s de Haarlem. A veces me gusta dejarlo a solas, alejarme un poco de él y ver cómo reacciona. Yo estaba fascinado frente al fósil de una flor gigante, casi del tamaño de una calabaza, que pobló la tierra hace ciento veinte millones de años y que ahora se abre como una sábana mojada o una de esas túnicas transparentes que esculpió Fidias en las metopas del Partenón. Es como si en el interior de la vitrina siguiera moviéndola una brisa prehistórica. Sobre el suelo, Roque tiene unos movimientos parecidos a los que debió de tener esa flor. En el mundo aéreo de los adultos los visitantes del museo Teyler´s se sorprenden al ver a un bebé aparentemente abandonado. Roque ni se entera. Para los bebés hay dos mundos: el suyo y el de los adultos. Arriba y abajo. Es como ese fantástico cuadro de Van Lody que vemos dos salas más allá y en el que una mujer se inclina sobre unas flores en un campo de geranios. Lo que vuelve interesante ese lienzo se parece a lo que experimenta Roque en el suelo de la sala: la mujer está, literalmente sumergida hasta la cintura entre las flores. Hay dos mundos: el mundo del pintor que mira a su mujer en la distancia y el objeto que llama la atención de su mujer y que queda irremediablemente fuera de nuestro campo visual: el de arriba que vemos, el de abajo que no vemos. Solo la arrogancia de los adultos sigue pensando que es en el mundo aéreo donde sucede lo interesante y no en la tierra, el mundo que vive el bebé, el mundo telúrico de los insectos, las migas y los objetos abandonados. ¿Qué tal si también en esa escena hubiese, bajo el manto de flores, un bebé y ese fuera el objeto del interés de la dama? ¿Hay alguien en toda la sala que haya leído el cuadro así, con un bebé que falta y que está bajo las flores? Tal vez alguna madre.

Dicen que Mozart niño vino a esta ciudad. Una visita relámpago de la familia que se produjo, según parece, en abril de 1766. Los Mozart fueron a Haarlem por invitación del impresor musical Johannes Enschedé con quien Leopold Mozart quería publicar un manual didáctico para violín. Según relata el propio Herr Mozart en una carta, el niño Wolfgang tocó en el famoso órgano durante una hora. No sabemos qué tocó, pero gracias a la amabilidad del organista, Anton Pauw, me puedo hacer una idea bastante acertada del aspecto que tuvo sobre esa banqueta de madera frente al monumental órgano de Müller y también subiendo la empinada escalera de caracol que lleva hasta allí.  Quizá Herr Mozart llevó a Wolfgang en brazo, igual que yo llevo a Roque en brazos y cuando llegó hasta lo alto, también sonrió ante el asombro de su hijo, porque cuando se tiene un hijo, el asombro es un sentimiento intervenido y solidario. Leopold Mozart, igual que yo, acababa de publicar un libro en Holanda y debía sentir su importancia como una agradable confirmación social. El niño Mozart tocó el órgano sólo porque alguien influyente del gobierno de la ciudad quiso tener una deferencia con su padre y sin embargo fueron sus manos de niño, no la visita de su padre, las que invistieron al órgano de un aura mitológica. Un Mozart niño es un Mozart-flor. Un tránsito que aún no ha llegado a su destino. Anton Pauw piensa que tal vez tocó algunos de sus bosquejos londinenses de 1764. Diez años más tarde, convertido ya en adolescente, Mozart escribe una carta a su padre desde Viena en la que le confiesa que a sus ojos y a sus oídos el órgano sigue siendo “el rey de todos los instrumentos”. ¿Quién nos asegura que en la memoria de Mozart adolescente la imagen de ese órgano no es la del recuerdo transfigurado del órgano de Müller? Si así fuera el órgano de Haarlem se elevaría a una altura mucho mayor que la de sus treinta metros. Cuando bajamos de nuevo a la catedral le confieso al organista que me da pena que Roque sea demasiado pequeño como para recordar este momento. Leopold Mozart, sin embargo, sabía que su hijo ya era lo bastante mayor para recordar, tal vez por eso movió cielo y tierra para que su hijo lo tocara. Intervenir la memoria de nuestros hijos es quizá uno de los privilegios más aterradoramente íntimos de la crianza. Hacerse querer. Justificar la existencia. A diferencia de la madre, que vive su maternidad cruzando su propio cuerpo y por tanto con un aprendizaje biológico, el padre llega desnudo a su paternidad y a veces tiene que comprarla. La madre no inventa la maternidad, la ejecuta. Su propio cuerpo es un manual de instrucciones, la dependencia del bebé es tan irremediable que traza un lenguaje incluso antes de que el cuerpo haya aprendido a hablar, pero cada padre se ve obligado a inventar un lenguaje para hacerse imprescindible. Pienso eso mientras bajamos las escaleras de caracol del órgano de la catedral, y cuando recorremos de nuevo la nave, con su hermosa cubierta de madera y su sobriedad casi inédita para una mirada católica, lo hago exactamente tres días antes de que una cubierta parecida, la de la catedral de Notre Dame, arda en llamas a miles de kilómetros de distancia. Veo la imagen en las noticias y me resulta imposible no pensar en esta misma catedral, y en este órgano.

Para el último fin de semana nos queda la celebración del Bloemencorso, la cabalgata de flores anual que sale desde Noordwijk y recorre 40 kilómetros hasta acabar en Haarlem. A lo largo de la semana Roque y yo nos hemos habituado a pasear por la ciudad como dos pequeños locales y en varias ocasiones nos han hablado de esta fiesta que la gente prepara con un entusiasmo particular. Como en las tradiciones medievales en las que cada colectivo de la ciudad pagaba su propia representación en las calles de Haarlem las distintas empresas y asociaciones locales costean su propia carroza de flores. Roque se pasea entre ellas con la boca abierta de asombro. El exceso deja poco espacio para la imaginación: hay un pato gigante representado por flores, la evolución del ser humano desde el primate hasta el homo sapiens con rosas, lirios y girasoles, dos manos gigantes de flores que simbolizan la unión entre la comunidad rumana y la holandesa, unos ojos realizados con margaritas que ha pagado una óptica local y hasta un dinosaurio que echa humo cubierto de violetas. El Bloemencorso demuestra que el mundo floral es inevitablemente Kitsch, igual que en cierto modo también lo es el del bebé. Resulta inédito ver una representación de un bebé en publicidad que no sea un lugar común. Evitar el cliché es casi imposible, como si el propio niño generara una energía de proyección en la que el adulto retrasara su edad mental varias décadas. Pero eso no es necesariamente culpa del bebé. Como, cabría añadir, tampoco es necesariamente culpa de las margaritas y los tulipanes que hayan formado con ellos una especie de calabaza gigante de la que sale toda una procesión de frutas, ni que haya una dentadura de geranios frente al dentista de la plaza del mercado. Si las flores son una invención de la naturaleza, el bouquet es un invento humano y, por tanto, falible. Pero de nuevo a Roque le da todo un poco igual. Cada vez que pasa junto a una carroza trata de apropiarse de algún tulipán o alguna rosa, lo que al fin y al cabo responde a la pulsión más común del ser humano cuando ve una flor: llevársela a casa. Pero si el gusto de los seres humanos por las flores parece comprensible, la locura maniática de los holandeses va más allá del sentido común. Si en vez de 2019, hubiesen pillado a Roque tratando de robar un tulipán en 1636 las consecuencias habrían sido muy distintas. Para empezar habría ido a la cárcel. Una de las historias que he conocido en este viaje y que más me han fascinado me la relató un anticuario junto a la plaza del mercado. Se trata de una historia bien conocida en Holanda que se explica en las escuelas, pero que a los extranjeros nos parece casi ciencia ficción: el episodio de “tulipmanía” que se produjo en el siglo XVII y que provocó la primera crisis financiera de la humanidad.  En 1635 se llegó a documentar en la ciudad de Haarlem la compra de un bulbo de tulipán de especial rareza bautizado como “Semper Augustus” por 10.000 florines, lo que equivaldría a aproximadamente unos 100.000 euros actuales. Si a ese escenario de locura financiera se le añade que la ciudad sufría entonces una plaga de peste bubónica que arrasó con la vida de miles de habitantes, el escenario resulta verdaderamente excéntrico: muerte, locura y flores. Frente al hedor de los cadáveres que se descomponían en la ciudad de Haarlem, la belleza casi inodora de ese tulipán millonario. Resulta todavía más irónico cuando descubrimos que el motivo de la belleza de ese tulipán no era otro que un virus procedente de la patata. El “Semper Augustus” era tan augusto solo a causa de una despigmentación de los pétalos. Un tulipán enfermo por el que se paga un precio desorbitado, una ciudad que agoniza; la flor es, al fin y al cabo, también una descomposición y como dicen los italianos: si non e vero, e ben trovato: “si no es cierto, al menos suena bien”.

Pero también el Bloemencorso llega a su descomposición: la fiesta se disuelve, aunque no antes de que la gente se abalance sobre las carrozas para llevarse las flores a su casa. Me gusta que la rendición de la fiesta sea, al mismo tiempo, un saqueo colectivo. Nosotros asaltamos la carroza de la óptica y nos llevamos a casa una pareja de girasoles, aunque solo sea por atentar contra el omnipresente tulipán. En las manos de Roque los girasoles son tan grandes como su cara, como lo sería para mí el fósil de la flor del museo Teyler´s, pero él los lleva en el carrito zarandeándolos muy fuerte, como un par de sonajeros. Me agrada la resistencia de los girasoles en las manos de Roque, tienen el aire familiar de esos campos de Andalucía que solía recorrer en coche con mi padre cuando era niño, me hacen sentir un poco en casa esos girasoles toscos de pétalos cortos y amarillos, con su enorme ojo negro, como el de un cíclope. A ratos Roque se los lleva a la boca y los muerde. Y aunque suelo ser el tipo de padre que vive sacándole a su hijo de la boca todo lo que se lleva a ella, esta vez le dejo que se coma los girasoles y de pronto toda la escena adquiere un aire familiar. Pienso en ese famoso cuadro de Goya: Saturno devorando a sus hijos. Le hago una foto con el móvil y se la mando a su madre. Luego escribo: Roque devorando un girasol.

Los días transcurren y ya se acerca el final de nuestro viaje. Dejo para el último momento algunas cosas, como una visita fugaz a la playa, y me quedo sin ver algunas deseadas, como la prisión de Koepel donde alojaron a los inmigrantes sirios y al parecer planean hacer una nueva universidad. El día antes de nuestra partida, Anja Van Zalinge, la directora del museo arqueológico, nos dedica una generosa hora para explicarnos la historia de la ciudad, nos cuenta cómo en el amanecer del 18 de diciembre de 1572, desde la primera batería de cañones situada al otro lado del canal y apuntando en dirección a la ciudad, un cañón español atravesó algunos de los muros superiores de la catedral y que todavía hoy puede verse la parábola que hicieron esos proyectiles en el interior. Era el final de la Guerra de los 80 años y el asedio a la ciudad de Haarlem acabó desencadenando el final de la presencia invasora. De los soldados españoles apenas quedan hoy unas espadas aherrumbradas, un casco con un ominoso agujero y unas bolas de cañón con las que Roque se dedica a jugar en el suelo de la oficina de Anjia. Sobre las mesas de restauración y clasificación arqueológica hay dispersos huesos animales extraídos de los pozos negros de la ciudad, restos de las comidas de hace más de cuatrocientos años que, curiosamente, me dan ganas de comer, pero el último gran regalo de la ciudad se encuentra en un cubículo transparente. Es un pequeño zapato de cuero encontrado en una excavación, una pequeña botita medieval, de niño. Anjia la saca para enseñármela y me dice que la están restaurando. Le pregunto si la puedo tocar y me permite cogerla. Me resulta casi imposible no acercarla al pie de Roque. Es exactamente de su tamaño. Un pequeño zapato, aislado y solitario como esa fantasmagórica huella que vio Robinson Crusoe en la playa de su isla. Esta ha venido desde el fantasma de un niño holandés de hace siglos. Tiene un peso tan liviano como el de los zapatos que Roque lleva puestos, pero el tacto liso hace recordar a la piel. Algún padre o madre puso esa botita hace quinientos años en el pie de su hijo igual que yo visto al mío todas las mañanas. Y ese pensamiento, al dimensión doméstica, ordinaria y casi banal de ese gesto, me hermana con este lugar mucho más de lo que nunca habría podido imaginar.

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